domingo, 30 de julio de 2006

.partida a Sad Songs.
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Vendí mi computadora para comprar el boleto de avión que me llevará a Canciones Tristes, ciudad donde ella (la mujer que tiene mi corazón en sus manos y prometió no verme hasta que nieve en Zacatecas) pasa las vacaciones. Será difícil que encuentre otra computadora que registre mis historias. No más historias. Juré hoy por la mañana: no volveré a escribir hasta que encuentre otra computadora. Pero eso a quien le importa.
Hablemos de Canciones Tristes.
Canciones Tristes también se puede llamar Aguascalientes, Guadalajara, Monterrey o Valparaíso. Canciones Tristes también puede ser el nombre de otra ciudad creada por la ficción de un escritor completamente ajeno a mí. Canciones Tristes es tan horrenda y vacía como cualquier otra ciudad, (la conozco, la he visto en mis sueños después de comer galletas de animalitos con café). He soñado con su valle. Pero es única. En Canciones Tristes vive ella, ella la transita y allí está mi futuro, si es que un infeliz como yo puede tenerlo. No hay marcha atrás. El dinero en mi bolsa está deseoso de ser gastado, se mueve como una alimaña. Hoy mismo tomaré el primer vuelo, pienso mientras hago mi maleta, sin importar que festeje mi cumpleaños en el cielo, a bordo de un avión. Pero también pienso que le tengo miedo a volar.
Sí.
Lo recuerdo.
Detalles abajo.
Mi miedo a volar nació hace años, cuando aún estaba en el útero de mi madre, cuando aún no nacía y podía ver y escuchar todo a través del cordón umbilical. El cordón umbilical fue para mí como la mirilla de un pirata de alcance kilométrico y como los audífonos de efecto polifónico de un buen reproductor de discos. Escuchaba, por ejemplo, las canciones de Pink Floyd cuando aún vivía Syd Barret; mi mamá ponía aquel disco de Animals cuando arreglaba la casa o simplemente quería dormir o tomarse unas caguamas, tirada en la alfombra de la sala.
Mi miedo a volar nació en el aeropuerto, muy cerca de la pista de vuelo. Estábamos despidiendo a mi padre, mamá, polito (su perro chihuahueño y guardián de la casa) y yo, como un batracio, viendo todo dentro de su barriga.
Mientras mi progenitor abordaba el avión para irse a otra ciudad y no volver nunca, mamá alzó su mano al aire como una bandera. Se tocó continuamente el estómago y dijo adiós, adiós y varias veces adiós. Polito, en cambio, se despidió de otra manera: estuvo en el bolso del pantalón de mamá pocos minutos, cuando se cerró la compuerta de la aeronave y rodaron las llantas por la pista, el animal salió disparado como un jaguar a los neumáticos, ladró y gruñó hipnotizado por aquel movimiento circular y, al fatigárseles los pies, no hizo más que quedarse parado: las llantas pasaron encima de su cuerpo. Murió. Y al instante a mamá se le tronó la fuente y cayó al suelo y llegó la ambulancia y la llevaron al hospital más cercano para que diera a luz. Todo así de rápido. A la velocidad de la luz. Nací yo.
Dicen que el alma de Polito pasó a mi cuerpo.
Es broma. Es una farsa de mal gusto.
Pero algo de cierto puede tener esa broma.
Polito aún sigue con nosotros. Lo reconstruyeron y disecaron. Mamá ahora lo carga en su cartera. Lo usa como llavero y amuleto. Brilla en la oscuridad. Lo usó como lámpara en el concierto de U2, en Monterrey, cuando Bono comenzó a cantar su un dos tres catorce. Ayer por la noche mamá me lo entregó, mientras me despedía de ella. Dice que me servirá en mi viaje, que lo use cuando esté en una habitación oscura o en el centro de una disco o en un concierto. Dice que Polito me podrá sacar de mil apuros. No lo sé. Lo único que sé es que quiero llegar a Canciones Tristes.
Aunque está lloviendo he tomado mi coche y voy rumbo al aeropuerto. En estos momentos manejo por la carretera. Hay muchas vacas en las orillas, perros y mapaches muertos en el camino. Pasó encima de ellos para verificar si aún reaccionan sus signos vitales. Debo anunciar que un espécimen como yo también tiene amigos, igual de extraños que yo, pero tiene amigos. Mi teléfono suena. Están llamando a mi celular varias voces, muchas voces lejanas, muchas, en exageración. Tan lejanas, que imagino a todos mis amigos encerrados en una cabina telefónica hablando a mi celular. Me dicen que no haga pendejadas, que mejor festeje mi cumpleaños en mi casa y que ellos harán la pachanga en grande. Les digo un no lacónico y cuelgo. He llegado al aeropuerto. Me estacionó. Bajo mi maleta de la cajuela y sigue lloviendo.
Mi vuelo sale en medía hora, mañana llegaré a Canciones Tristes.
Detalles en el próximo post.
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