martes, 28 de febrero de 2006

.ladrón de ejemplares: crónica de cómo un prematuro sufrió para encontrarse con la literatura y su extraña manía a destrozar su vida.

Desde niño supe que gozaba de un don que ningún otra persona gozaba y eso me diferenciaba de los demás. Era un verdadero mago de la cleptomanía: desaparecía cualquier cosa ajena que me llenara el ojo. Las partes de mi cuerpo fungían como bolsas y espacios donde podía ocultar cualquier objeto sin importar su dimensión. Hacía creer a mis amigos y parientes que eran los seres más distraídos y desordenadas del mundo, puesto que perdían sus propiedades y su dinero a primera instancia. Era un genio, un mago, un David Coperfield de la primaria. Yo no quería ser bombero, astronauta o piloto aviador como otros. De haber existido la licenciatura en robo, no hubiera dudado en optar por esa profesión y titularme con honores. Si mis padres hubieran sido más inteligentes hubieran lucrado con mi don hasta hacerse millonarios, hasta ganar fama. No me hubiera molestado que rentaran mis servicios a terceros. Inútil esa idea. Ellos veían mi don como un defecto, como una enfermedad demoníaca, como una violación a los derechos humanos y la hermandad. Para ellos robar era como secuestrar a una persona, rebajar mi educación al subsuelo, manchar su nombre. Si descubrían mi recámara llena de juguetes o de dinero ajeno me castigaban semanas enteras en el baño, me encerraban en ese lugar como si fuera un delincuente que merece ser internado en una mazmorra fría y húmeda llena de hongos hasta que memorizara las tablas de multiplicar y jurara que no volvería a utilizar esas artimañas. Pero el don era una parte de mi persona. Era un don que tenía que alimentarlo con cada robo. Robaba y deseaba más.

Yo sabía, aunque todo el mundo pensaba lo contrario, aunque todo el mundo me rechazaba y hablaba mal a mis espaldas, aunque las madres del colegio me ponían en ridículo cuando descubrían que yo era el ladrón del aula y me dieran de reglazos de madera en las manos y en las nalgas sentenciando que Dios me correría a punta de patadas en la puerta del cielo para evitar robos en el paraíso, aunque asistí a un sin fin de sesiones con sicoterapeutas infantiles, aunque me llevaron a la fuerza con curanderas para que exorcizaran el supuesto demonio que portaba, aunque mi padre me sometiera a los castigos más zafios para despojarme de mi don, yo sabía, créanme, que mi cleptomanía era una oposición a toda lo impuesto, a las reglas, a los modos de vida, era un manifiesto a la tortura de mis padres, a su ausencia, era una manera de levantar la voz, era algo puro, natural, algo que me ayudaría a convertirla oscuridad en luz.

Gracias a los comerciales de juguetes nuevos. Internet. Nintendo. Te acostumbras a tener todo al instante. Rápido, como si consiguieras las cosas apretando un tecla. Roba el juguete y vete, me decía antes de poner en práctica mi don. Robé supermercados, la sección de los Micromachine, la cooperativa del colegio, después la de la secundaría, el monedero de mamá, tiendas de discos, carteras de amigos.

También sabía llamar la atención. Todos los adultos llegaron a sorprenderse por mi capacidad de hacerlo. Les hacía creer lo que yo quería, formulaba frases atractivas, conmovedoras. Mentiras. Mentiras. Mentiras. Algunas veces llegué ha escuchar a los adultos criticar mi ingenuidad en silencio: Pobre niño, el mundo es tan vil y descarnado que no sabe lo que le espera, el mundo terminara por tragárselo cuando abra los ojos. Así crecí yo, nueve años, diez años, doce años, trece. Crecí en la oscuridad y frente a la televisión como si fuera mi mejor amiga, creyendo en los Thundercats y Bumpety Boo y lloraba junto a Remi y aborrecía la voz de Candy Candy. La oscuridad era un refugio. Aunque no conocía con exactitud el significado de esa palabra me parecía idónea para decir en qué lugar habitaba.

Como no me gustaba el mundo en el que vivía me convertí en un mago que hace verosímil la mentira. Sabía hacer llorar a mi progenitora cuando le informaba del maltrato al que me sometía mi padre y a mi padre lo hacía sentir la persona más infrahumana del mundo hasta que exigió el divorcio. Se fue de casa y dejó de implantarme sus sanciones que en lugar de enderezar mis mañas las hacían inalterables. Otro castigo: me ayudaba a estudiar matemáticas y mi ineptitud lo orillaba a torturarme mientras resolvía multiplicaciones frente a una pizarra. Él tenía el televisor trasmitiendo el canal de las caricaturas, daba diez risotadas por minuto y yo no podía poner en orden mi cerebro. Decía que era el mejor método para aprender a trabajar bajo presión. Si descubría que veía el televisor unos segundos jalaba de mis patillas hasta hacerme caer en llanto. Otro más: le encantaba hacer crecer mis orejas. Cuando firmaba mis calificaciones bajas frente a todos los padres de familia y mis condiscípulos le decía a la madre para verse como un progenitor ejemplar: Debo ponerlo a estudiar y enseñarle disciplina. La disciplina se aprende a golpes, se rascaba los testículos, se olía la mano y estiraba y estiraba mis orejas hasta que me hacía alejar mis píes unos centímetros del suelo. Caía en llanto y toda la semana mis compañeros me veían como el que es golpeado por su padre porque no sabe multiplicar.

También sabía hacer sentir bien a la gente como cualquier cómico, los hacía reír, compadecerse de mí como si fuera un animalito indefenso o una marioneta como Pinocho. Era desgarbado, simple, un chico de paso histriónico, sin ninguna cualidad física, sólo la nariz algo grande y las cejas tupidas de bello. Me recuerdo a los diez años: festival del día de muertos en la primaria. Mamá no tiene dinero. Sentada en la mesa esculca con nervios entre sus ahorros para ver si ajusta rentar un disfraz. Nada. A falta de dinero me pone un traje de mi padre, de tela raída, negra mate. Me pinta un bigotito, me consigue un bastón. Todo arreglado, salí de Chaplin. En la escuela varios alumnos no dejaron de preguntarme dónde saqué mi disfraz. Mentí. De niño uno es tan ingenuo que las mentiras que crea termina por sentirlas ciertas. Me invitaron a trabajar, les respondí, en un programa de comedia en la televisión y me dieron este traje. Y los chicos se me acercaron a pedirme autógrafos. Quizá por eso también quería ser cómico y que todo el mundo pronunciara mi nombre, que se estamparan playeras con mi nombre, que se anunciara el la televisión mi nombre y que mi show también llevara mi nombre. Y ¿por qué no?, que se hiciera una película sobre mi vida, aunque fuera totalmente intrascendental y mentirosa, infantil e inatractiva. Todo el mundo debería verme y escuchar mis falsedades. Yo sería el próximo cómico que todo México esperaba.

Quince años y nadie sabía de mí. Un completo desconocido. Como pinocho, vivía dentro de mi mundo, dentro de la ballena. Quince años y los cambios de adolescencia me pesaban como si fueran yunques sobre mi espalda. Cambiaba cada quince minutos de humor y sentía que todo el mundo debía escuchar lo que pensaba, hasta la más fina estupidez. Virgen, aún virgen y totalmente fiel al monólogo solitario, a los cariños propios y sinceros, a pensar en tantas mujeres y tantas actrices y tantos sueños. Dieciséis años. Siempre golpeando los muros de la ballena para ver si podía derribarlos y salir a la luz. Otro recuerdo: mi vida nocturna dentro del graffiti. Hice vomitar a la fuerza a la ballena y salí a la luz junto con su basca. Válvulas Fat cat punto 5. Daim y el crew FX alemán. Válvulas Fat Cat para flamear firmas. Válvulas Fat cat para hacer bordes gruesos y quemarles el rostro a los policías cuando intentaban apresarnos (los quemábamos poniendo el fuego de un encendedor en la punta del aerosol). Reprobé el primer semestre de preparatoria. No se lo dije a mamá. Le mentí y me creció la nariz. El dinero que me daba a diario para ir a la escuela lo invertía en latas. Era todo un hallazgo rayarparedes, burlar a la policía durante la madrugada y hacerse popular en la ciudad.

Pleitos con otros crews. Firmar en el lugar donde se juntaban otros rayadores era como defecar en su territorio y yo solía desafiarlos continuamente. Aún me veo ahí, en medio de una calle, nervioso, viendo la barda de un banco donde hacíamos un mural 3.D, como si fuera el vacío, o un paraíso dentro de ese vacío. Una banda de orcos se acerca para ajustar cuentas, para limpiar su nombre, enojados (música de Western de fondo). Los píes me tiemblan, relajo mis brazos y espero el primer contacto. Un chico, cuyo cuerpo puede ser comparado al de un minotauro con un tatuaje de un Bull dog en el hombro, me tumba al suelo de un puñetazo, me da de patadas en el rostro hasta romperme un diente, me enchueca la nariz. Grito. Grito tanto y mis gritos hacen que mi agresor deje de vapulearme. Pienso que es por lástima. Con dificultad vuelvo a estar de píe. Empuño mis manos. Todos pelean. Todos mis amigos derribados. Somos minoría. Hay sangre donde piso. Mis Vans llenos de sangre. Mi playera roja. No siento la nariz. Respiro con dificultad. Mi agresor no me dejó de golpear por lástima. Un amigo fue a mi rescate, poco faltaba para que me noquearan. Un envase de cerveza en el aire. Dos decisiones a la vez: busco a dónde correr o mejor la hermandad, la ley de la manada. Busco un arma para defenderme y esquivo cuerpos. El envase de cerveza se embarra en la cara de uno de mis compañeros de crew, del que evitó que el minotauro siguiera arrastrándome. Explota. Liquido. Un efluvio a cebada con sangre pende entre nosotros. Todo se congela. Vidrios. Un sin fin de vidrios salen disparados a todas direcciones. Ahora no siento mi rostro. En él habrá dos cicatrices que me recordarán los aerosoles y los murales y esa golpiza de por vida.

Policías. Llegan derrapando cuatro camionetas de uniformados. Soy el más enclenque, me suben de un aventón a la caja de la patrulla. Los de la otra banda junto con algunos de mi crew corren hasta salvarse. Nos llevan a mi amigo ensangrentado y a mí a la estación de policía. En el viaje los uniformados nos hacen un sin fin de bromas, se burlan de mi nariz y a mi compañero lo vuelven a golpear porque no deja de sangrar. Pienso en mamá, en decir una mentira que me libere de ese dislate. Pienso en mamá y la tibieza de sus cariños. Llegamos a la estación de policía. Nos encierran junto a otros tres delincuentes. Uno estaba ahí porque lo descubrieron vendiendo cocaína, otro porque había golpeado a la esposa de su hermano, otro porque estaba implicado en la violación de una niña de cinco años. Ahí estaba yo, en un cuarto de 3 metros x 3 metros. El delincuente joven. Ahora por lo menos figuraría mi nombre en el registro de daños públicos. La juez tomó nota de nuestro testimonio. Dentro del cuartillo nadie habla. El golpeador de cuñadas se me acerca, aunque he perdido algo de mi sentido del olfato, ligeramente percibo que olía a humedad o a calabazas cocidas o a cebolla. Le saludo. No responde. Acaricia mis cabellos con ternura, los acaricia como si estuviera acicalando a un ejemplar extraño. Suelta una risotada. Me hago a un lado. Mi compañero sólo nos ve, se encuentra deteniendo la hemorragia con su playera. El botellazo le partió la frente. Estoy solo. Ni mis mentiras, ni mi don de robar me sacaran de ahí. El golpeador desabrocha su cinturón y baja el cierre del pantalón, comienza a entrevérsele el pubis. Quiero regresar a la ballena y no volver a salir nunca. Quiero la oscuridad, los Thundercats, llorar con Remi y no volver a la luz. El golpeador me toma de mi brazo y me resisto, lucho, grito como si quisiera que mi voz rompiera los muros de la celda. Sólo hay miradas, forcejeo, risas. Por último una caída y golpes y más sangre y lágrimas. Mi amigo tomó al golpeador por la espalda, porfían. En el uno a uno nadie ha caído, en el uno a uno hay desventaja: a uno de ellos lo ciega la sangre que baja de su frente. El otro entrenó su puño golpeando mujeres. Rezo, aunque no creo en Dios por culpa del colegio y de las monjas sigo rezando. Ahora creo en él, le ofrezco mi vida, mi nariz con tal de que baje y ponga orden en esa estación de policía, con tal de que le dé más fuerzas a mi compañero para defenderse. Pero no, es derribado y su contrincante se sube encima de él como un gusano. Sigo rezando, ofrezco no volver a robar y decirle a mi padre que regrese a casa, toleraré sus castigos, volveré a la escuela, seré un niño sincero, seré bien portado, limpiaré todas las paredes de la ciudad. Los quejidos de mi amigo son agudos como los de un gato, estos tampoco derriban los muros de la celda, pero retumban dentro de mi pecho, rompen mis costillas. Ese día Dios pensó que todo, absolutamente todo lo que decía Pinocho, eran mentiras.




Mamá descubre que no estudio. Me han crecido orejas de burro, me han reparado la nariz, llevo durante una semana una gasa. Una complacencia: como me gusta rayar paredes y jugar con pintura mi progenitora consigue que trabajé en una empresa de rótulos. Duro trabajando ahí hasta que me despiden. Hago amigos. Mi primer contacto con el tiner. Diario salgo con la mente en blanco porque limpio acrílico y lonas con esa sustancia y pinto metales con compresor. Las compañeras de la escuela no me saludan porque llevo la camisola de un obrero. Entiendo que se siente entregar tu vida al trabajo, ser esclavo. Me despierto a las ocho. A las nueve estoy en la empresa. Tomo la comida ahí mismo a las cuatro. Y salgo alas nueve de la noche, cuando el centro de la ciudad está lleno y yo sólo quiero desintoxicarme del tiner para no tener sueños tétricos. La misma jornada el siguiente día y el siguiente. He perdido mis dones. Casi no hablo, sólo con Imamura, un chico de ascendencia asiática, siete años mayor que yo. Imamura colecciona todos los “casting” de Private. Trabaja sólo para comprar pornografía. Me presta una película que veo sólo unos segundos a escondidas, en la sala de mi casa. Primera escena: una latina embarazada tiene relaciones con un pepino. Me sorprendo y quito la cinta. Esa escena duró en mi cabeza todo una semana. Trabajo en el área de Imamura porque es el más paciente de todos. Soy su chalán. Cuando no tengo dinero él invita a comer. Diario hablamos de mujeres. Él, al igual que yo, nunca ha tenido sexo. Me enseña a instalar balastras, a soldar estructuras metálicas, a tensar lonas, a instalar anuncios luminosos, a subir a los andamios de diez metros y limpiar el anuncio con tiner y no perder el equilibrio cuando veo hacia abajo. Me despiden. Un día tomo mal el cuter mientras corto acrílico y me devano una parte del dedo, un pedacillo de carne cuelga de él. Imamura no se encuentra, mancho la lona de sangre y salgo a toda prisa de la bodega para preguntarles a los demás trabajadores qué me pongo para calmar el sangrado. Uno de ellos me toma de la mano, me pide que cierre los ojos y muerda un pedazo de estopa. Lo hago y siento, como si colocaran mi dedo dentro de lava volcánica, que ardo. Un dolor nace en mis entrañas. Se burlan como cuervos. Abro los ojos y descubro mi mano dentro del garrafón de tiner. Le comento a Imamura mi hallazgo, mi voz delata un entusiasmo iluso al decir que mi cuerpo aguantó aquella sustancia. Imamura se enfurece. Se queja con el gerente de la empresa y me piden de manera amable que mejor siga estudiando. Imamura no quería que fuera el títere de los demás trabajadores.



Legalmente sin trabajo regresé a casa. Mamá no quería verme. La mañana siguiente me desperté azorado. Tuve un sueño trágico: gente desconocida organizaba un complot en mi contra y quemaban mi pasado escolar para regresarme a la guardería a tomar clases con maestros de mi edad. Me vestí para ir hacía la biblioteca y leer el periódico y conseguir otro trabajo. En el espacio de empleos podía leerse: “Empresa prestigiada requiere jóvenes emprendedores dispuestos a trabajar ocho horas en área de ventas a domicilio”. Otro: “Empresa elegante solicita mujeres de 18 a 28 años dispuestas a trabajar de masajistas y cambiar de residencia. ‘Horario nocturno’”. Otro más: “Empresa de seguridad privada requiere personal experto en vigilancia y protección civil. Interesados comunicarse a oficinas de Seguridad Omega...” El que me interesó: “Anciano de sesenta años, paralítico, necesita joven estudiante que cuide de él por las tardes. ‘Horario de 3 AM a 9 PM’”. En el anuncio estaba el teléfono. Hablé de un público y me contestó una voz ronca, seguro era el viejo que necesitaba cuidados. Le pregunté por el trabajo y me dijo, de forma cortante, que ya había conseguido al joven que necesitaba, hoy le haría la entrevista. Quedamos que si le fallaba la otra persona telefonearía a mi casa. Colgó. Toda la tarde me la pasé frente al teléfono de monedas que estaba fuera de la biblioteca marcando a empresas y puestos que requerían empleados. No conseguí nada. Alguien no quería que trabajara. Tal parecía que estaba destinado a ser un fracaso. Un ser supremo que me había dado la espalda cuando decidí dejar mis embustes de lado y enderezar mi vida comenzó a manipular mi destino para hundirme en el fango del fracasado. Se trataba, ni más ni menos, me había convertido mejor dicho, en un escuincle que comenzaba a conocer el arrepentimiento. La peor decisión que había tomado en mi prematura y chaquetera vida fue haber salido de la ballena. Entré nuevamente a la biblioteca y me senté en una la sala sin lectores. Los anaqueles que figuraban en ese lugar estaban acomodados uno a uno en círculo, como espirales, o tripas. Me senté frente a un anaquel que decía: “LITERATURA”. Hice, como si todo estuviera por terminar, un recuento de lo que había hecho, de mis idioteces, de mi conducta. Recuerdos. Recuerdos. Recuerdos como navajas. Tenía mi cabeza apoyada en el escritorio de lectura como si fuera un dado y la dejaba caer cada segundo. Luego un ruido extraño me hizo enderezarme y volver en mí. Se cayó, como si alguien lo hubiera desacomodado del anaquel, un libro que alcancé a leer mal: Quiero escribir pero me sale esperma. Aquella confusión, leer mal el nombre, me había reanudado el ánimo. Volví a leer y corregí: espuma, de Gustavo Sainz. Abrí donde comenzaba la historia. Las primeras líneas me hicieron reír. Luego, como si todo estuviera destinado, como si ese ser supremo que solía darme la espalda decidía despejar el cielo de sus nubes para apuntarme con su índice y devolverme mis dones, recordé: roba el libro y corre a casa. Corre para que no seas alcanzado por nadie, por nadie. Pero bien sabes que esto es el principio, siempre habrá un siguiente, un siguiente y lo demás es ficción.
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