jueves, 29 de octubre de 2015

Viaje al Puerto de Veracruz

Fotografía de Cevart

El viernes 24 de octubre se presentó en Veracruz mi libro de cuentos Rojo semidesierto en el Centro Veracruzano de las Artes (Cevart). La idea era cerrar las presentaciones en Mérida, Yucatán, para que el Rojo viajara de península a península, es decir, de la de Baja California a la de Yucatán. Sin embargo, el azar, las circunstancias y las personas siempre amables de Veracruz lograron que la última presentación de este año y quizá de esta primera edición del libro fuera en el puerto.


Fotografía de Cevart
El salón donde se comentó la obra y leí un par de relatos estuvo medianamente lleno. La mayoría de la gente que asistió fueron los participantes del taller de narrativa que impartí en el mismo centro y uno que otro interesado. Debo aceptar que fue una presentación entrañable. Tenía cerca de un año o un poquito más que no leía los relatos que leí y que no hablaba de los motivos que me llevaron a escribir ese libro, así como la trilogía que ahora me hallo escribiendo y vincula al Rojo con dos novelas más. En la presentación rememoré cuando Zacatecas se llenó de inseguridad, cuando, durante el calderonato, México era referencia directa de crimen, impunidad, muerte, narco y gripe porcina; y rememoré también a mis amigos que se unieron al crimen organizado o desaparecieron a causa del desempleo, la inseguridad y las extorsiones.


Cevart
Aunque la mayoría del auditorio pensaba que el Rojo es un libro sobre Tijuana,  la misma lectura de los cuentos aclaró que no, que es un libro que trata de México en general y muchos de los daños que los jóvenes de mi generación hemos vivido o visto. Más tarde, gracias al diálogo que generaron, expliqué que en sus inicios el libro buscaba enunciar al Zacatecas de hoy, un semidesierto teñido de pólvora, nostalgia, nombres que se han quedado en el pasado pero perduran en la memoria, un cielo crepuscular y todo lo que implica la tragedia y la nostalgia. Pero con los viajes y las mudanzas integró lugares de Mexicali y Tijuana.


Una de las asistentes, influenciada por el comentario de la persona que presentó mi libro, me preguntó: ¿cómo hace para no enfermar de angustia por lo que escribe? La verdad, la pregunta me agarró desprevenido. Escribir es un oficio que me hace feliz. El placer que te da el hecho de acabar un capítulo de novela, un relato, una novela entera o libro de cuentos, no te lo da otra actividad. Sientes que has dicho lo que tenías que decir y que no hay nada por lo cual debas arrepentirte. Sino, más bien, mucho que tienes que defender y por lo que debes apostar. Al finiquitar un libro, crees que has traído algo muy tuyo al mundo y no es un hijo.


Cevart
Si sus biógrafos no mienten, Víctor Hugo jamás enfermó de tristeza al escribir Los miserables, al igual que Revueltas jamás se contagió de lepra por convivir con los leprosos. Y, si llegó a contagiarse, jamás murió de lepra o por la lepra. Cuando uno escribe juega con un sistema de contrapesos constituido por la realidad y la ficción. Mucho de la realidad se queda en el traslado al papel y mucho de la ficción se mete en el modelaje de esa realidad mientras se escribe. Si bien el Rojo parte de la realidad mexicana, en qué se convierten la vida de las personas que se ven tocadas por la violencia, sus cuentos en esencia no sólo hablan de la crueldad, la muerte y la tragedia; rescatan la esperanza y la nostalgia.


Cevart
Otra de las preguntas de la persona que me presentó y, para ser honesto, me sorprendió, fue: ¿por qué haces narcorrealismo con tu literatura? Ya en Monterrey, no hace más de dos semanas, en una mesa de diálogo propusimos varios escritores de mi generación que a nosotros no nos interesa hacer narcoliteratura o narcorrealismo ni como opción para entrar a una editorial comercial ni para obtener la atención de los lectores.  Escribimos sobre la violencia y sus consecuencias porque es lo que prima en nuestra vida: todos tenemos un amigo desaparecido, a todos nos alcanzó el rumor de un secuestro, la luz de la pólvora, muchos hemos visto o escuchado las quejas por extorsiones y, lo que es peor, miramos a diario en las redes sociales, los noticieros y otros medios de comunicación el cinismo con que se manejan algunos mandatarios ante el dolor de los que han sido tocados por la tragedia.


Y esta preocupación, en mi caso, no me la han heredado directamente los escritores mexicanos, mucho menos aquellos que ahora estiman y desestiman el Noir, sino los narradores de Colombia que buscan ficcionalizar las consecuencias psicológicas, sociales y hasta económicas que dejó el conflicto entre el aparato de seguridad del Estado y el crimen organizado, así como los grupos insurrectos. Si ya los periódicos, los narcorridos y otros tantos medios hacen homenaje a esta guerra como si se tratara de aqueos y troyanos, ¿por qué uno debe seguirles el paso?


Fotografía de Javier Casco
Veracruz es una ciudad que me ha tocado profundamente. Aquí dejo buenos amigos y largas caminatas nocturnas. Y un redescubrimiento: hace apenas unas semanas no había podido escribir ni siquiera un suelto o comentario sobre literatura, los días que he estado aquí me ayudaron a retomar partes de la novela y escribir dos entradas para esta página. No sé si se deba a lo que el doctor Javier Casco me dijo las noches que bebimos en el Diligencias, algo sobre Juan Vicente Melo y José Emilio Pacheco y Veracruz como el buen lugar para escribir. Lo que sé es que volveré pronto y espero sea en las fechas del carnaval. Por ahora, debo hacer mi maleta para viajar a Campeche, donde impartiré una charla sobre escritores nacidos en la década del ochenta.


       
  

martes, 20 de octubre de 2015

Los viajes, el trabajo y los días




En mi vida he asistido a muy poquísimos encuentros de escritores jóvenes en mi país y, para ser honesto, a la mayoría de los escritores de mi edad o que nacieron durante la década del ochenta los conozco por sus libros, es decir, los he leído influido por la idea de que leer es un acto de bondad y la mejor manera de conocer al otro, aunque muchas veces ese otro mienta en sus textos. La semana pasada anduve en Monterrey, fui invitado por Sergio Pérez Torres, un veinteañero trajeado, que organiza el encuentro con el mismo esmero con que viste y cuida su persona y es anfitrión. Fue un encuentro “chingón”, es decir, conocí a gente que ya había leído y otra tanta que apenas conocía o había escuchado de ella. De Sergio me llevo, además de una sólida amistad, sus ganas de querer educar a los escritores, es decir, de que respeten su trabajo y la forma en cómo lo presentan. Gracias, querido. Ahora uno no se halla caminando solo este sendero difícil del escritor.

Mi participación consistió en leer una ponencia sobre mi postura ante la literatura del narcotráfico (que dentro de poco tiempo publicaré en mi página) y un fragmento de mi obra, más precisamente, "Los que lloran”, de Rojo semidesierto, un relato manifiesto sobre la condición del escritor ante la violencia y la prostitución intelectual a cambio de becas.

Alguna vez escuché que los verdaderos encuentros se dan en las mesas de bar o de cantina. Cierto o falso, debo confesar que participación también consistió en desvelarme y conocer en noches de cerveza artesanal y guateque a un buen número de mis contemporáneos. Muchos saben que no soy un borracho empedernido y que a veces, muy de vez en cuando, suelo molerme en el asfalto corriendo para segregar serotonina. Pero quiero creer que me defendí en dos madrugadas y una que otra tarde en el Sierra Madre. El encuentro terminó el domingo y ese mismo día abordé un avión a Ciudad de México y otro más a Veracruz, lugar que me recibió con un chubasco que me empapó nomás al bajar del taxi y entrar al hotel. Mientras iba en el avión, quise retomar el trabajo suspendido, pero me dolían tanto los ojos y la cabeza, que preferí dormir. En la cama del hotel, en cambio, permanecí despierto hasta las 3 de la madrugada y no pude bajar a la alberca porque estaba cerrada por el clima. Así es la soledad del viajero: permanece en la vigilia queriendo soñar con su cama y la mujer que ama a su lado.


Ayer empecé un taller de narrativa en Veracruz, tuve 31 participantes y me dijeron que con sin barba soy un escritor muy serio y con barba inspiró madurez. No sé qué significó eso, pero no traigo conmigo tijeras ni rastrillo para afeitarme. Al final del taller regresé al hotel para ponerme a trabajar en una antología de cuento que me encargó la universidad donde trabajo. Me dormí hasta las 2 de la madrugada, desperté a las 8 y me fui a nadar cerca de dos kilómetros. Luego llamé a Beatriz Espejo y, como siempre, su voz fue como la de una madre que echa porras, y no deja de decirme El pequeñito.




Ahora, mientras escribo esto, me duelen los brazos y también las piernas, estoy por terminar la edición de un cuento de la antología y siento que mi cerebro funciona en automático. Es casi la hora de ir a comer y recapitular el taller. Pienso en los miles de kilómetros que me distancian de Tijuana, en Flor, que seguro se encuentra en la oficina, en Ikki, nuestro perro, que se lanzó hace dos semanas de la ventana del cuarto de servicio porque no soporta estar solo y prefiere el vacío que una casa limpia pero sin dueños. Pienso en los trabajos de mis alumnos que aún no reviso y debo revisar para ponerles calificación, en las críticas y recomendaciones de los libros que me mandaron algunos amigos y yo aún no envío porque tengo traspapelados los archivos. Pienso en la línea fronteriza, en todos los que cruzan a San Diego y regresan a Tijuana, en las calles que corro y en los food trucks y la Revolución. Pienso que no he escrito una sola línea de literatura y que mañana, quizá, tenga tiempo para hacerlo y, en lugar de hacerlo, bajaré a la alberca, me sumergiré en el agua y empezaré a nadar y nadar. No sé si esto sea ser escritor, pero siento que este oficio, aparte de escribir, también provoca un cansancio placentero, como cuando corres o nadas.
      
    

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